Herman O'Neill, un actor eterno con la pasión intacta
- Mario Alegre-Barrios
- 18 mar 2016
- 3 Min. de lectura

Hay actores que parecen eternos, que de tanto estar y de tanto vivir, guardan una vastísima colección de otras vidas, de esas que son fugaces, de esas que duran solo el tiempo de una obra en escena.
Así ha sido el caminar de Herman O’Neill en el mundo del actuación, como un veterano histrión siempre joven, con la pasión intacta y la certeza de que nada justifica tanto su oficio como la posibilidad de tocar a otros, como lo hace en estos días en la piel de “Don Melitón”, un mayordomo muy singular al servicio del rico y malvado hacendado español don “Cándido Balboa”, como parte de la trama de la zarzuela Cecilia Valdés que sube a escena durante este fin de semana en el CBA Luis A. Ferré.
“Siempre quise ser actor… no recuerdo haber deseado ser otra cosa “, nos dice Herman en su camerino, ya en la piel de “Don Melitón”, minutos antes del ensayo general de ayer jueves. “Y tuve claro también que mi carrera en la actuación tenía que ser larga, nada pasajero. Cuando entré a la Universidad de Puerto Rico, papi no me dijo que ahí había un departamento de Drama. Él y mi madre y mi abuela sabían que en cuanto lo descubriera, tomaría ese camino… y así fue”.
Graduado del recinto riopedrense de nuestra máxima casa de estudios, Herman tuvo luego la oportunidad de viajar a Londres y a París para aumentar y apuntalar el caudal de sus recursos artísticos. “Sin duda alguna ‘Chavito’ Marrero y su esposa, Mercedes Sicardo, mis dos grandes mentores, fueron fundamentales, no solo en mi formación, sino también en mi proceso de reconocer que esta carrera era mi llamado de vida”, comenta. “Chavito fue un maestrazo para mí y le estaré eternamente agradecido. Este es un oficio muy sacrificado, con altas y bajas, con incertidumbres y te expone a infinidad de personajes. Lo hermoso es vivirlos a plenitud mientras estas en escena y desarrollar la capacidad de dejarlos en el teatro una vez termina la obra”.
Habitante habitual desde hace mucho tiempo en los elencos de zarzuelas, Herman asevera que este es un genero que le “fascina, porque es muy teatral”. “Yo empecé a trabajar en zarzuelas desde que tenía unos 15 años, con esta misma compañía, la Fundación Puertorriqueña de Zarzuela y Opereta, que en aquel entonces era presidida por doña Elsa Rivera Salgado, con ‘Chavito’ Marrero como su director artístico”.
“Chavito era muy amigo de mi familia y siempre creyó en mí”, agrega. “Él me moldeó y me metió en este género… y como mi papá (el querido Paquito O’Neill) también es un fanático de la zarzuela, cuando venían las compañías españolas él me llevaba a verlas al Teatro Tapia. Vi muchas zarzuelas y sin duda eso me definió”.
De todos los personajes que ha encarnado, Herman recuerda con particular cariño al “Clarín” de La vida es sueño -de Calderón de la Barca- que interpretó en los albores de su trayectoria. “Fue muy hermoso y lo recuerdo con un gran cariño”, apunta. “Era muy joven pero me quedó muy bien y la crítica me trató maravillosamente. Asimismo, recuerdo el papel que hice en la obra Malasangre, de Roberto Ramos Perea. Interpreté al padre de protagonista y fue una responsabilidad que me exigió mucho”.
Convencido de que no pudo haber elegido mejor oficio, Herman asevera que lo más preciado de su arte “es el público”. “Hay que respetarlo… hay que tener un cuidado enorme con esa confianza que la gente deposita en uno cuando viene al teatro a verte”, expresa. “Uno tiene la misión, la responsabilidad, de que cada persona que acude a una obra se lleve algo que, aunque sea por unos instantes, ilumine su vida. Esto es lo más importante para mí. Siempre he trabajado para el púbico y espero seguir haciéndolo por muchos años, hasta que me toque pasar el batón para alguien siga haciendo lo que yo he hecho durante todo este tiempo con mucho amor”.
Cinco minutos para el ensayo. Súbitamente Herman desaparece y es a “Don Melitón” a quién dejo en el camerino. Así suele suceder, en espacial con estos actores que parecen eternos y que viven fugazmente infinidad de vidas, de esas que duran apena el tiempo de una obra en escena.